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LOS CHALECOS AMARILLOS.

Hace año y medio, con solo 39 años y una carrera política meteórica, Emmanuel Macron era presentado como la esperanza de Francia, aquel que la había salvado de la ola populista, que rescataría a la Unión Europea de su decadencia. Por su edad y atractivo, la prensa lo llamó el John Kennedy del siglo XXl. Su triunfo fue tan contundente que toda una nueva generación llegó a la Asamblea Nacional, y la derecha y los socialistas quedaron reducidos a la irrelevancia.

Pero si el inglés Harold Wilson decía que en política una semana era una eternidad, la Francia del año pasado tiene muy poco que ver con la actual. Parecía que todo estaba funcionado bien para el galo hasta la aparición de los “chalecos amarillos”, nombre que proviene de la obligación de usarlos al bajarse del auto (¿les recuerda algo a los chilenos?), un movimiento de protesta como Francia no había conocido quizás desde el movimiento estudiantil de mayo 1968.

Lo que había era rabia y se expresó con mucha violencia. Francia había conocido periódicamente estallidos, pero nada como esto, ya que siempre habían sido localizados, y fundamentalmente centrados en jóvenes descendientes de inmigrantes y que vivían en la periferia de las grandes ciudades.

Ahora hay una crisis profunda y con un movimiento con características muy llamativas, ya que aunque el detonador fue el alza del diésel, va mucho más allá, desde el momento que participan diversos grupos etarios y sociales con un largo listado de demandas. Por lo demás surgió desde la base social a través de las redes sociales y no hay grupos políticos que aparezcan en su conducción, aunque agrupa y une en las calles al vinagre y al aceite; desde la ultraizquierda de la Francia Insumisa hasta la ultraderecha del Frente Nacional de Marine Le Pen.

El común es que todos parecen estar pidiendo algo muy difícil de conseguir como lo es la renuncia de Macron. Hay elementos internacionales en esta revuelta, tal como lo es el disgusto acerca del funcionamiento de la democracia, el sentimiento anti-elite, el rechazo a la globalización y a los partidos tradicionales. También la preocupación por las minorías y las “identidades” por sobre el olvido de los temas sociales.

Los otros elementos son específicamente franceses y sobre todo, relacionados con Macron, y su estilo de gobierno calificado por muchos de cuasi monárquico, su rechazo a la forma tradicional de hacer política y su forma de gobernar, rodeado por un pequeño grupo de muy leales tecnócratas. Un Presidente que parecía haber tenido éxito, pero que ahora le cambia todo su plan de reformas, incluyendo los puntos más difíciles: reforma de las pensiones, de las instituciones políticas, del sistema impositivo, del propio Estado de Bienestar. Lo anterior acompañado de una política exterior que parecía estar basada en el retorno a la idea original de una poderosa Unión Europea, alternativa de poder a Estados Unidos, China y Rusia.

¿ Sobrevivirá Macrón a esta crisis?. Seguramente, pero el problema es con el grado de debilidad con el que lo hará. No hay duda que Francia necesitaba nueva energía, ya que se convertía inevitablemente, tanto en lo económico como en lo militar y lo político en una potencia de segundo orden.

Pero Macron ha demostrado que quizás no es la persona adecuada para esta gran tarea. Sin tener las bases materiales para ello y sin ser ni lejanamente De Gaulle, ha confrontado a Putin y a Trump al mismo tiempo, en un contexto en que su gran aliada Merkel está abandonando el escenario del poder, con lo que no se sabe si seguirá contando con Alemania.

No es ni mucho menos la situación de la Primavera Árabe (no hay dictadores), pero el movimiento de los chalecos amarillos ya se está exportando a los países vecinos de Holanda y Bélgica.

Por ahora hay algunas lecciones muy claras: la primera es la arrogancia en el poder, ese sentimiento elitista muy patente en quienes como Macron han llegado muy rápidamente al poder máximo y que ni siquiera han aprovechado el momento para crear un movimiento político poderoso de apoyo. La segunda, es que hoy es muy difícil imponer un programa de reformas de cualquier naturaleza en contra de la voluntad de la gente. El desafío cualquiera sea la salida de la actual crisis, será algo difícil para toda elite: gobernar con la gente y no contra ella, independientemente de la novedad o magnitud del triunfo electoral, ya que en el momento que se asume el gobierno comienza algo muy diferente.

Por último, una reflexión general: Macrón no es el culpable de que Francia sea hoy una potencia de segundo orden, ya que ha estado gobernada desde hace años por líderes mediocres, siendo quizás Mitterand el último grande al nivel de su historia y cultura.

Si es responsable de un actuar arrogante que no se condice con el actual nivel de poder del país ni con lo que la gente espera de su primera autoridad.

Ricardo Israel Zipper

@israelzipper

Abogado y Cientista Político.

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